Marcianos en la tierra
El hombre siempre desea conocer lo extraño, lo que puede venir de otros mundos. La afición por los marcianos, por los extraterrestres, se aviva por épocas, recobra vida en la marcha de las generaciones humanas.
El hombre siempre desea conocer lo extraño, lo que puede venir de otros mundos. La afición por los marcianos, por los extraterrestres, se aviva por épocas, recobra vida en la marcha de las generaciones humanas.
Existe un peligro a la hora de pensar en los mandamientos de la Ley de Dios y en los mandamientos de la Iglesia: verlos como una obligación, como una carga, como una ley más o menos pesada.
Cuando pensamos así es fácil que se suscite en uno la pregunta: ¿hasta dónde puedo llegar sin “faltar” a la norma? ¿Hasta qué punto me estaría permitido un acto que llega al límite de la transgresión, pero que todavía estaría dentro de la regla?
En una esquina, junto al bar, a la entrada de un cine, o entre los andenes de la estación: en muchos lugares podemos encontrar hombres y mujeres que esperan.
Esperan. ¿Qué esperan? Cada uno espera a alguien. Al novio, una chica enamorada. A la novia, un chico que necesita algo de esperanza. Al hijo, el padre que lo vio partir un día hacia una guerra inesperada. Al padre, ese hijo que lo quiere otra vez en casa, después de años sin poderse abrazar.
La teoría de la evolución, según algunos, nos dice que plantas y animales, jilgueros y tomates, Panchos y Lupitas, todos somos parte de un proceso con un inicio muy lejano y un final incierto. Para un grupo abundante de evolucionistas, no hay ninguna causa (un Dios que ponga orden o cree las distintas formas de vida) ni ningún fin (ningún programa o meta del camino que se recorre). Las casualidades se entrecruzan de modo imprevisible. Hoy se mezclan varios átomos y dan lugar a una molécula. Mañana varias moléculas se juntan y dan lugar a cadenas más complicadas.
Nace una flor entre montañas, ríos y granjeros. El viento acaricia unos pétalos que brillan a la luz del sol. Luego, marchitos, vuelan, se pierden a lo lejos, mientras el fruto crece y prepara la semilla de una nueva vida.
Las nubes llegan, la lluvia pasa. El sol vuelve a brillar: seca la tierra, agosta flores pasajeras. En un hospital muere, entre las lágrimas de los suyos, un anciano. Mientras, en el cielo, un libro abierto llama a los que amaron sin medida, acoge a los que viven para siempre.
Cuando se produce una gran noticia, un acontecimiento, bueno o triste, alegre o desgraciado, todos queremos saber qué dirá la prensa. ¿Como presentarán la noticia en la televisión, la radio, los periódicos, los semanarios, las páginas informativas de internet?
¿Existe algo que pueda hacer llorar a un Papa? ¿Serán sus problemas de salud, sus cansancios, su vejez? Quizá un Papa llora porque hay cristianos perseguidos, porque hay mujeres maltratadas, porque hay niños que mueren de hambre o de tristeza, porque hay enfermos de SIDA a los que se les niega una medicina y un poco de respeto y de cariño.
Dios llama. Ayer, hoy, y mañana. Hombres y mujeres se consagran. Sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos que dan un sí para siempre, sin condiciones. El mundo es distinto con cada respuesta, con cada entrega. Hay hombres y mujeres que quieren amar más, que reflejan, con su vida, que Dios es fiel, que Dios nos quiere con locura.
¿Por qué uno siente necesidad de vigilar? Fundamentalmente porque quiere conservar un tesoro sumamente importante, y porque existen amenazas y “enemigos” que pueden dañar o robar ese tesoro.
El tesoro del cristiano es la amistad, la presencia, la gracia de Dios en su propia alma. Se trata de un tesoro sumamente bello, que recibimos como regalo totalmente inmerecido: cuando vivíamos en el pecado y lejos de la Verdad, Cristo murió por nosotros, nos ofreció su Amor eterno (cf. Rm 5).
Juan 16, 16-20