Trento: ¿contrarreforma o reforma?
Trento: ¿contrarreforma o reforma?
Trento: ¿contrarreforma o reforma?
Un camino. Quedan atrás personas y recuerdos. Los padres, hermanos, maestros, amigos y vecinos. Una historia, unos hechos, un pasado que queda escrito. Lágrimas y alegrías, triunfos y coscorrones, pasteles y vacunas, libros y garabatos. Una cicatriz en la cara, un diploma en la pared, y una foto en la que cabían todos, felices, familia unida.
Es respetuoso. No grita, no incomoda, no obstaculiza mis opciones. A veces espera, a un lado, como si fuese indiferente a mi indiferencia, a mis traiciones, a mi egoísmo. Otras veces se adelanta, me manda un mensaje que no leo, que no observo, que no entiendo.
Aquí sigue, sin cansarse. Sabe que lo necesito, sabe que no puedo vivir sin él, aunque muchas veces actúe como si todo dependiese de mí, como si mi pequeñez y mi barro fuese grandeza de poder y de aplausos vanos.
Vamos a leer y buscar una explicación de nuestra vida. Hay muchos modos de hacerlo, y queremos ahora presentar tres posibles métodos de lectura.
Primera lectura: ver la propia vida como el resultado de lo que otros han decidido, han obrado sobre mí (a nivel físico, a nivel espiritual). O como resultado de la casualidad, del destino, de terremotos, virus y accidentes que se sucedieron de modo imprevisto, necesario, casi trágico.
El párroco había notado una concentración un poco especial en Miguel. Lo agradeció mucho, pues el muchacho, con sus 13 años y un cuerpo en pleno desarrollo, solía crear muchos problemas durante las catequesis. Durante la explicación de la parábola del sembrador no dejaba de mirar al sacerdote como quien está sumido en una reflexión profunda.
Alguien ha dado una definición profunda y familiar de Juan Pablo II: un Papa antropólogo, un Papa personalista.
Es algo que trasluce en el libro publicado por el Papa el año 2004, “¡Levantaos! ¡Vamos!”, en unas páginas dedicadas a hablar de cómo los obispos deberían tratar a la gente.
Hoy más que nunca los cristianos necesitamos vivir espabilados. Las señales que la Biblia dan ante la llegada del Señor, se están realizando ante los ojos de todos. La confrontación entre el bien y el mal, está más acentuada que nunca en la historia individual y global.
El ataque a los valores esenciales cristianos aumentan en progresión, extensión y gravedad. La figura fundamental de Cristo es hábil y sutilmente atacada en muchos medios y de mil modos, con el fin de difuminar, confundir y negar su divinidad.
Esta frase de S. Agustín, correctamente entendida y practicada, encierra en sí, el meollo de todo el mensaje cristiano. En efecto, nadie que ame de verdad, podrá nunca obrar mal ni respecto a Dios, a quien obedecerá en todo, ni respecto al prójimo a quien respetará profundamente.